Alguna vez escuché que es difícil no juzgar un libro por su portada. Tal como se juzga a una persona a través de esa primera impresión, su vestimenta, gestos, apariencia. Tal vez como persona debería carecer de portada, tener sólo contenido, y, es que el contraste entre el mar azul y la arena negra, los volcanes, el verde natural, el coco inmóvil frente a la espuma del mar, me hace olvidar todo aquello que creía ser.

 

Mi caminar pasa desapercibido entre la gente. La vista, como siempre, perdida en el horizonte, y, sentado a la orilla del mar, sujeto una botella de cristal entre las manos. Introduzco en ésta todo lo que aprendí, incluyendo mi imagen, nombre, dígitos y apariencias, y, antes de poner el corcho y sellarla para siempre, observo como se filtra un poco de agua de mar en ella, granos de arena flotan alborotados llenando los espacios vacíos.

 

La arrojo al océano casi sin esfuerzo, sin la furia que siente aquel que se quiere deshacer de algo, tampoco con delicadeza. Simplemente la dejo ir y esta cae sobre el mar cerca a mis pies. A medida que se va retirando, y navega lentamente rumbo al horizonte, noto que yo no soy el contenido dentro de la botella ni tampoco el cuerpo que la arroja a la orilla. Me identifico más con el reflejo del sol sobre el océano, ese brillo que disipa mis pensamientos.

 

Cumplí 30 años unos meses después de llegar a esta isla, y unas semanas después finalicé esta segunda novela, Nací sin Nombre. Fue escrita en condiciones bastante incivilizadas, lejos de celulares y otros medios y, por ende, debo de transcribir el libro entero a formato digital. Cada semana añadiré unos cuantos capítulos.


Comparto esta novela con todos ustedes, con amor. Recuerden, por favor, que yo no soy las palabras acá escritas, sino el espacio en blanco entre ellas.

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