LA VÍA DE LA VIRTUD

– “No tengo tiempo para perder tiempo” – me dije, y partí esa misma noche al Lago Titicaca en Puno, ciudad del Altiplano ubicada a cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Llegué poco antes de la madrugada y sólo me esperaba un viento helado que me penetraba los huesos. No había un alma por aquellas calles llenas de fango y lodo debido a lluvias torrenciales. Me dirigí caminando al pequeño puerto de la ciudad a esperar que amaneciera; el misterio me atraía de tal manera que casí no presté atención a los escalofríos o el cansancio.

El amanecer me abrazó en medio de aquella soledad y logré tomar una pequeña embarcación a la isla de Amantaní, en aquel misterioso lago. Al llegar me hospedé en una choza de amables nativos por un precio simbólico; en aquel entonces aún no tenían las comodidades del hombre moderno, tampoco baños ni electricidad, ni siquiera tenían la menor idea de cómo se vive en las ciudades ya que tampoco existía televisión alguna, ni qué decir de policías, carreteras, y, curiosamente, tampoco vi ningún perro. Noté con algo de asombro lo extremadamente blancos que tenían los dientes y más tarde me enteré de que rara vez comían carnes rojas debido a la ausencia de ciertos animales en la isla; subsistían de una agricultura artesanal. Me divertía observando a los psicodélicos sietecolores, aves de plumaje amarillo, azul, verde y blanco, y que construyen sus nidos en las hojas secas de totora.

Ya por la tarde, sintiendo la falta de oxígeno, subí a solas la parte más alta y deshabitada de la isla, a cuatro mil quinientos metros de altura, y encontré el centro ceremonial de Pacha Tata, donde se celebran rituales mágicos desde hace miles de años hasta la actualidad. Desde aquel impresionante lugar podía ver, trescientos sesenta grados alrededor, cómo las aguas turquesas de aquel lago sagrado bañaban la isla. Desde las alturas comprobé cómo en la isla todos llevaban una vida natural, levantándose al alba y regresando a sus hogares apenas el sol empezaba a ocultarse en el horizonte debido a la falta de electricidad.

Un fuerte viento movía la noche y pude ver a la luna en cuarto creciente sobre Amantaní. Decidí introducirme en el templo. No iba a parar hasta encontrar aquello que no sabía qué era y, sin embargo, buscaba. Hice una invocación y me senté quieto en un misterioso y absoluto silencio que se prolongó, siempre esperando realizar algún tipo de contacto con alguna fuerza desconocida o recibir una señal.

El frío se hizo más intenso y al cerrarme el abrigo sentí que llevaba un sobre en el bolsillo: era la carta que me había dado Lucas antes de partir.

“Querido Mikael,

Permíteme darte unas claves que pueden ser útiles en alguna etapa de tu búsqueda. Hay tres tipos de conocimiento: el primero es el conocimiento religioso. Ellos creen ser dueños de la verdad y, por miedo a descubrir que pueden estar viviendo un engaño, predican que todo lo opuesto a sus creencias es falso y es pecado. Es su propia falta de fe la que los lleva a intentar manipular a las masas a través del miedo. Las tradiciones religiosas son numinosas, crean deidades a las cuales atribuyen poderes misteriosos y fascinantes.

También está el conocimiento esotérico, que les permite contemplar otras religiones pensando que tal vez la sabiduría esté esparcida por el mundo, lo cual quiere decir que dudan; tal vez ahí nace la sabiduría, cuando despierta la duda. Los esotéricos creen que hay maestros o ángeles guardianes, y la mayoría de veces se pierden en el camino, estancándose al dejarse llevar por el morbo o la curiosidad, ya que se distraen aprendiendo sobre el tarot, quiromancia, lecturas sobre el futuro, y tantos otros temas que los obligan a andar en círculos una y otra vez. Esos dos tipos de conocimiento se encuentran al alcance de todos, pero ninguno representa el verdadero conocimiento; cumplen su función en el universo al proporcionar cierto equilibrio espiritual, pero no es la máxima sabiduría.

El conocimiento que lleva a la Inmortalidad y que te puede llevar a convertirte en un Hombre-Oro, es el conocimiento hermético. Éste no está al alcance de todos, pues requiere de un gran proceso de integración con uno mismo y mucha investigación. Los conocimientos secretos de las antiguas Escuelas Herméticas han desaparecido, pero se pueden rescatar a través de la correcta interpretación de los símbolos y los números. El conocimiento hermético se encuentra hábilmente camuflado en las tradiciones religiosas y las costumbres populares. Estamos rodeados por este tipo de conocimiento pero, a pesar de que las claves están al frente de nosotros a lo largo de nuestras vidas, nos es muy difícil llegar a interpretarlo.

A través de toda la historia de la humanidad, el conocimiento hermético jamás estuvo en manos de las masas; sólo aquellos que hayan podido dominar cuatro de las doce pruebas o virtudes que transforman a los hombres en dioses han tenido acceso a él; aquellos que alcanzaron la inmortalidad han sido muy pocos. Recuerda que no basta con ser un mago, Mikael, hay que escalar los treinta y tres peldaños que conducen de la Vía de la Magia a la Vía de la Virtud.”

Sentí una presencia a mi costado y giré rápidamente. ¡Qué susto me llevé! En medio de aquella oscuridad me pareció ver a un tigre dar una vuelta fugaz a mí alrededor. Aterrorizado me paré de golpe, pero no había nada. Intenté tranquilizarme recordando que el tigre es el símbolo del Maestro, ya que la serpiente no puede serlo porque jamás podría llegar al cielo, y un ave tampoco, ya que sobre la tierra sería presa fácil. De todas formas siempre supe que no estaba solo.

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Regresé a Puno e hice los trámites burocráticos correspondientes para cruzar la frontera a Bolivia. Me trataron con la amabilidad innata de todo aquel que trabaja al servicio del Estado en un país tercer mundista; una hora más tarde llegaba a Copacabana.

Discutí los precios con los capitanes de una y otra embarcación y me dirigí a la Isla del Sol, también ubicada en el Lago Titicaca pero en la parte boliviana. No estaba solo, me acompañaba Vicente, un malagueño joven, y Danitza, una sueca de unos veintitrés años que hablaba el español a la perfección. Desde el primer momento se me fueron los ojos por ella.

– ¿Cuánto te cobraron por el viaje a la isla? – me preguntó el español.
– Quince bolivianos – respondí.
– ¿Qué? ¡A mí veinticinco! – dijo sorprendido mientras miraba indignado al capitán.
– Hombre… ¡Qué sigue siendo un buen precio! – le dijo Danitza abrazándolo. Intuí que era su novia, lo cual no desvanecía la ilusión.
– Nada está escondido si no es para ser revelado – balbuceé. En aquel entonces aún no sabía mantener la boca cerrada, como si fuera mi deber informar, lo sepan o no, de que estaban en un lago lleno de misterio y poder.
– ¿Qué quieres decir? – me preguntó Danitza -. Cuéntanos de qué estás hablando…
– Todo es cuestión de mirar a través del ojo de Horus – respondí -, quien en la simbología egipcia siempre está de perfil, ya que tiene un ojo para ver las verdades visibles y otro ojo que no se ve, para intuir las verdades invisibles de la naturaleza.
– ¿Por qué dices eso? – me preguntó Danitza con la típica curiosidad de una muchacha de su edad.
– Bueno, hay muchas leyendas…
– ¿Y cuál es la leyenda de este lugar?
– Se dice que de este lago salieron Manco Cápac y Mama Ocllo a fundar el imperio del Tahuantinsuyo, el cual se extendió hasta Ecuador, Chile y Argentina. Yo creo que hay bastante más escondido detrás de todo eso; pienso que ellos realmente existieron. He descubierto algunas antiguas leyendas andinas, casi perdidas, que los llamaban Amaru Muru y, su mujer, Mara. He escuchado a ciertos chamanes decir que en honor a ella existe aquel poblado llamado Maras en el Urubamba, en Cuzco.
– ¡Sí, estuvimos allá antes de venir! – interrumpió Vicente.
– Se dice que la palabra Urubamba viene de un antiguo dialecto andino, de la palabra “uru-pampa” que significa “lugar de luz.”
– No sabíamos, pero síguenos contando de Amaru…
– … Muru. Antes que nada es bueno recordar que una leyenda está siempre más cerca de la verdad que el mito. Se dice que miles de años atrás existía aquel continente perdido de Lemuria, no se olviden que este planeta tiene una antigüedad de más de cuatro billones de años y ha sobrevivido a innumerables diluvios y catástrofes. La civilización de Lemuria era muy adelantada y Amaru Muru y Mara eran dos grandes Maestros de aquel continente, ahora perdido, que vinieron a iluminar a las antiguas poblaciones tribales de América. Hay indicios de que el continente de Lemuria podría haber estado conectado con el Lago Titicaca. Son leyendas que han sobrevivido a través de los siglos; lo que sí se sabe es que las culturas que se desarrollaron en América tenían una increíble organización política, social y religiosa, y una profunda comprensión de las leyes de la naturaleza y del cosmos.

Ellos escuchaban atentamente.

– Me pregunto cuánto habrá de cierto en aquellas leyendas, y si durante la evolución de la humanidad habremos recibido algún tipo de ayuda. – continué, apasionado con el tema -. ¿O creen que Cristóbal Colón de verdad llegó por casualidad a América, a pesar de que él pensaba que había llegado a la India? ¿Ustedes creen que después de los millones de años que lleva el hombre sobre la Tierra, recién en el siglo veinte, de un momento a otro, vamos a construir máquinas que dan una vuelta a la Tierra cada hora y media, y otras que llegan hasta los límites de nuestro sistema solar? ¿Cómo va a ser posible? ¿En la historia de la humanidad qué son ciento cincuenta años? ¡Pues ése fue el lapso de tiempo aproximado entre que se empezaron a fabricar los primeros vehículos terrestres motorizados y la conquista de nuestro sistema solar! – Danitza y Vicente estaban desconcertados.
– Hay teorías – añadió Vicente -, de que no vinieron de otros continentes a poblar América, sino que el europeo, al venir a América, “regresó a la tierra de sus ancestros”. Mikael, me recuerdas al antropólogo Florentino Ameghino quien aseguraba que el hombre no vino a estas tierras por el estrecho de Bering, sino más bien por allí salió. Este continente pudo haber estado habitado muchos miles de años atrás y esas civilizaciones tal vez se extinguieron, a lo mejor no; hasta ahora es difícil de comprobar a través de métodos científicos.
– Nadie sabe la verdad pero debemos mantener la mente abierta. He escuchado a filósofos decir que para un buscador de la verdad sólo hay dos caminos, la huida y el combate. El camino de la huida es refugiarse en una respuesta y decir que todo lo demás es absurdo, ya que aquella respuesta proporciona seguridad, ya sea porque es la opinión común o porque lo dijo algún personaje a quien parte de la humanidad considera célebre.
– El camino del combate será la continua búsqueda de la verdad – dedujo Danitza -, ya que nadie sabe cuál es.
– ¡Exacto! – después de aquella conclusión estaba totalmente enamorado de Danitza -. Es desvelar algo que es pero que no se conoce. Como dice Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar.” ¡Cuando camino ya no estoy paralizado con mi pregunta, sino voy tras una respuesta!
– Para que exista un Camino, hay que caminar. – dedujo Danitza.
– Síguenos contando de aquel Maestro que salió de este lago – pidió Vicente.
– ¿Han escuchado de las ruinas de Ollantaytambo en el Valle Sagrado?
– Por supuesto, las visitamos cuando estábamos en el Cuzco – respondió Vicente.
– ¿Y qué les dijeron los guías turísticos del lugar?
– La verdad es que no recordamos nada – respondieron ambos mirándose entre risas.
– Tal vez ellos mismos no sepan mucho ya que son conocimientos secretos. Les podrán decir la parte histórica: se dice que Ollanta fue uno de los últimos Incas y se defendió ferozmente de un plebeyo que se enamoró de su hija. ¡Pero hay muchísimo más! “Tambo” significa “lugar”… lugar donde se iniciaba… – un segundo de silencio nos envolvió -. Amaru Muru llegó a Ollantaytambo dispuesto a ayudar a los nativos de aquel lugar a evolucionar. Si ven la ciudadela desde cierta altura, verán que tiene la forma de una llama; de esa manera inspiró a los nativos del lugar a construir ese Templo Iniciático, ya que de ese auquénido ellos obtenían su alimento, de la lana hacían sus vestidos y de los huesos sus herramientas.
– Sí, sí vimos que tenía forma de llama desde la altura, un guía nos lo mostró – interrumpió Vicente.
– Pues, lo que no les dijeron es que aquel era un Templo de Iniciación mucho antes de la llegada del Inca. ¡Imagínense! Cuando el Inca llegó a Ollantaytambo, el lugar ya se encontraba en decadencia espiritual. ¡Allí vivieron grandes iluminados! Me hubiese encantado servirles de guía, no olviden que desde épocas remotas el conocimiento ha sido esculpido en piedra para que el hombre del futuro no olvidara su verdad espiritual y pudiese activar sus centros energéticos. En los restos arqueológicos del Valle Sagrado, ¡se puede ver claramente el desarrollo del hombre sobre la materia!
– ¿Cómo sabes eso? – preguntó Vicente, llevado por la curiosidad.
– Nada está oculto si no es para ser revelado – repetí -. Todo está registrado. Alguna vez visualicé como todas aquellas ruinas, formadas por grandes bloques de piedra, fueron del cristal más puro jamás visto. Probablemente se fueron convirtiendo en piedra a medida de que el pensamiento del hombre iba degenerando – dije con cierta tristeza y perdido en mis visiones; ya no tenía ganas de conversar, de todas formas ya había hablado demasiado. Me recosté a un lado de la embarcación a ver si podía reflejar la mente en los azules de aquel lago maravilloso, mientras nos acercábamos a la misteriosa Isla del Sol.

Desembarcamos al caer la tarde y empezaban a correr fuertes vientos. Me apresuré en conseguir una cabaña donde dormir y así protegerme del frío, ya que en aquel remoto lugar no había hostales ni nada por el estilo, y menos electricidad. Sentí una pequeña desilusión al ver a Danitza perderse con Vicente por alguna parte de la isla y decidí ir en busca de algo para comer, así burlar la sensación de soledad que me daba el estar en aquel lugar tan alejado de la civilización; los últimos rayos de sol se desvanecían y con ellos la oportunidad de poder encontrar algo para alimentarme. Logré encontrar una pequeña posada de adobe con dos mesas en el interior y vi a un gato andino durmiendo plácidamente sobre una de ellas. Una niña con pollera y un manto negro sobre la cabeza me acercó “la carta”. Había tres platos diferentes de suche y una sopa de verduras.

– Yo no como pescado – dije rascándome la cabeza -, pero tendré que hacer una excepción, después de todo con este frío… y necesito recuperarme -. Por favor cocina un suche con verduras.
– Ya se nos acabó el suche – me respondió la niña con voz tímida.
– Bueno, entonces la sopa – y hubo un pequeño silencio que se hizo eterno; sentí temor por si me decía que tampoco había sopa. Se me escapó una sonrisa al ver a la niña correr hacia la parte trasera de la casa de barro.

– ¡La felicidad está en el fondo del plato! – concluí mientras me tomaba el último sorbo existente en el tazón. Al salir de la cabaña ya había caído la noche y un manto de estrellas cubría el cielo. Me dirigí a las orillas del lago y, a pesar del frío, me eché a contemplar la noche estrellada. La verdad es que tenía la certeza de que era posible establecer contacto con alguna fuerza que pudiera develar el insoportable misterio que la vida representaba para mí. Sentía que no estaba solo y tal vez estaba perdiendo la cordura al tener la seguridad de que existían seres en dimensiones desconocidas. Ignorando la soledad en la que me encontraba, me aventuré dentro de una cueva cercana. Me senté con las piernas cruzadas e invoqué protección, así esperé en completo silencio durante horas realizar algún tipo de contacto, pero nada ocurrió. Me fascinaba poner en práctica la poca magia aprendida en los primeros años de búsqueda a pesar de no poder establecer contacto con seres que me ayudaran a descifrar los misterios de mi existencia; respuestas que probablemente nunca encontraría, pero a pesar de ello tenía una certeza: que me encontraba completamente solo en una misteriosa isla y no era el azar el que me había llevado hasta allí.

Abandoné la cueva con traquilidad y satisfecho por los frecuentes destellos de magia que inundaban mi vida, los cuales anunciaban presencias invisibles a mis ojos. Me eché sobre la arena a orillas del lago y mi mirada se perdió tras alguna imagen de la Vía Láctea, una de los doscientos billones de galaxias que conforman nuestro universo. Intenté imaginar los cuatrocientos mil millones de soles que giran alrededor de sólo esta galaxia con todos los colores y misterios que van más allá de toda comprensión. Uno de todos esos miles de millones es nuestro Sol. Nosotros habitamos un pequeño planeta que gira alrededor de él y hasta ahora sólo hemos podido aterrizar en cuatro mundos diferentes. Recordé que los seres humanos somos tan solo una de los cincuenta mil millones de especies que han logrado evolucionar en este planeta.

Sintiéndome observado por seres en el espacio y ya habiendo vivido experiencias extrasensoriales en el pasado, mentalmente volví a esforzarme por establecer contacto: “Sé que me observan. ¡Comuníquense!”. Observé tres cometas viajando sin rumbo aparente; la seguridad que tenía de estar siendo observado era cada vez más intensa, y me engañaba al pensar que todo lo tomaba con calma cuando en realidad estaba a solas en una isla perdida, obsesionado por establecer contacto con seres de otras dimensiones.

Descargas fulminantes se encendían iluminando gran parte del horizonte. La noche se incendiaba ante mis ojos; un espectáculo extraño y, definitivamente, sobrenatural. Pero aquellas visiones no alcanzaban a distraerme del profundo anhelo que llevaba en el corazón por comprender. ¿Cómo establecer contacto verbal o telepático con una fuerza superior y así alcanzar la fuente de sabiduría? Rendido, decidí darle la espalda a aquellas explosiones visuales y regresé a mi diminuto, y tan alejado del mundo, albergue a orillas del lago. No tenía cómo prender la vela y me sentía observado a pesar de la ineludible sensación de soledad que me producía el estar en aquella extraña isla. Con cierto temor corrí una pequeña porción de la tela que hacía de cortina y miré a través de la ventana. El lago se veía sereno, la noche continuaba estrellada, y yo tenía la certeza de que estaba bastante menos solo que antes. Me saqué las botas para meterme a la cama, pero no la ropa, no sé si debido al frío o porque así me sentía más protegido en caso de que algunas formas misteriosas de vida decidan ya no permanecer ocultas ante mis ojos.