EL CORAZÓN DE LOS ANDES

Incrédulo, encendía un cigarrillo tras otro mientras miraba la calle desde la ventana de mi habitación. Una densa neblina cubría la ciudad y parecía cegar a muchos de sus habitantes. Caminaban de un lugar a otro apresuradamente, corriendo tras su futuro, tal vez huyendo de su pasado, pero en aquel presente el amor al prójimo brillaba por su ausencia; un gran vacío espiritual reposaba inerte sobre la avenida, apoderándose de ella y sus transeúntes, y yo no quería formar parte de aquel extraño mundo tan distante y ajeno.

Penélope había vuelto a desaparecer en algún otro de sus viajes, y qué falta me hacía. Me volví a encontrar solo ante la falta de respuestas, solo ante todos aquellos extraños seres que predican determinada verdad e indiferente al estilo de vida impuesto por la sociedad. Desde mi ignorancia y confusión nacía el desesperado anhelo de buscar respuestas que le dieran un sentido a la comedia que tenía al frente.

– Fracasé en mi arduo proceso de autodestrucción – dije con voz burlona mientras llenaba de nicotina mis pulmones; al exhalar, el humo encontraba sus propios limites al chocar con la ventana, expandiéndose en todas las direcciones.

A las puertas del nuevo milenio, recordaba a mis amigos diciendo: “Vamos de fiesta al Cuzco”, “vayamos a surfear al norte”, “hay un rave en la playa”, y me sumergía en una soledad aún más profunda. Estaba cansado de observar aquel cielo gris, sin nubes, sin vida, guardar ese silencio impenetrable ante mis dudas, ya no le pediría nada, estaba decidido a intentar tomar aquello que, según la tradición, me ha pertenecido a través de la eternidad. Decidí viajar por los sitios de poder en el Perú.

Pocos días antes del nuevo milenio partí en un automóvil hacia el Cuzco, pasando por Nazca y Abancay. Hermosas niñas serranas, con ropas de vivos colores, se paraban al pie de las montañas a observarnos. En el vehículo, unos amigos se divertían fumando un porro por aquí y otro por allá, un falso carnaval. Habían comprado todos los placeres necesarios para divertirse y algunos de ellos parecían estar frente a una paz muy lejana. ¿Cuántas veces hemos vivido rodeados de una mística irreal que pasa demasiado fácil de lo espiritual a lo profano? Y los días pasan, nada nos satisface y cualquier fiesta es igual que la anterior.

Al llegar al Cuzco fue imposible no sentir la energía del lugar y no dejarme hipnotizar por aquellos profundos cielos serranos. Al sentir la conexión de mi espíritu con la esencia del lugar, me sentí de acero, el tiempo se detuvo y un rayo de luz atravesó mi mirada. Mientras dejaba a mis amigos atrás y me dirigía a solas rumbo al Valle Sagrado, observé algunos indios de mirada penetrante, el rostro fiero marcado por una vida dura, su cuerpo erosionado por la naturaleza. Estos indios siempre estuvieron ahí, y sus espíritus perdurarán en aquellas montañas porque pertenecen a una época que es eterna. Nosotros no somos más que pasajeros en tránsito, ignorantes del daño que le ocasionamos a este extraordinario planeta, mientras aquellos indios simplemente viajan sobre la esfera terrestre observando cómo la naturaleza les da lo indispensable para vivir, libres de los conceptos del hombre moderno. Para estos hermosos seres las cosas son simplemente como son; si hay cosecha habrá comida, y punto.

Sentía una tremenda nostalgia por los amigos que iban desapareciendo mientras tomábamos diferentes caminos, perdiéndolos en el mapa de la memoria. Me preguntaba cómo amistades tan intensas lentamente pasan al olvido. El silencio se convertía en mi único acompañante; no había gente alrededor hablando sin cesar por no estar en paz con sus propios pensamientos, buscando en la conversación y en la compañía huir de sí mismos. Veía el cielo en constante movimiento girando sobre mi cabeza, las ramas sacudidas por el viento, las hojas que caen, los árboles se estremecen, eterno movimiento, al igual que todas mis células, como el Universo mismo. Al observar el mundo a mi alrededor en constante transformación, me preguntaba qué es real y qué es ilusión en el absurdo del tiempo y del espacio.

Después de cruzar un laberinto de flora y fauna, llegué a un templo en el Valle Sagrado. Desde allí, perdido en los Andes y tan distante de los mares, visualizaba en profundas meditaciones ballenas navegando a través de los océanos y sus abismos, escuchaba delfines silbando en alguna frecuencia extraña. Sentía un profundo amor hacia aquellos seres, tal vez más sabios que el hombre y que han sido símbolos permanentes a lo largo de mi camino. Estas eran imágenes que aún no sabía interpretar y que cobrarían vida, literalmente, en una remota isla en el futuro; sólo ahora, totalmente asombrado desde mi hogar en la Polinesia, comprendo.

Observé las montañas a mí alrededor recordando historias que describían ciudades de cristal en los Andes que permanecen ocultas a los ojos del hombre y sospechaba que existía bastante más en este Universo de lo que mis ojos alcanzaban a ver.

Encontré unas cuantas personas con acentos extranjeros a la entrada del templo. Vi algunas cabañas de madera que se perdían en la espesura del valle y una inmensa pirámide que, curiosamente, era de cristal. Entramos en ella y desde adentro alcancé a ver tres águilas errantes volando a través de aquella inmensidad azul. Tenía que encontrar respuestas y aprovecharía cualquier oportunidad para aprender sobre aquellos temas que me obsesionaban, y lo primero que encontré fueron, claro está, temas esotéricos: las diferentes maneras en que fluye la energía a través de una diversidad de canales que llevamos en nuestros diferentes cuerpos, astrología, cristales, y muchos otros temas que me parecían muy interesantes, pero que a la larga me alejaban cada vez más de lo que buscaba en esencia.

Había un grupo de no más de veinte personas de diferentes nacionalidades en ese lugar y aún recuerdo cómo, cuando el día se hacía noche, la luna atravesaba la densa vegetación anunciando la hora de comer nuestra sopa de legumbres y un guiso serrano sin carne. En aquel lugar aprendí que los seres humanos somos malos carnívoros. El león mata a la cebra y se la come al instante, y lo mismo ocurre en los océanos; sin embargo, nosotros comemos animales que no sólo están repletos de antibióticos, hormonas, y han sufrido muchísimo en vida, sino que al ingerirlos ya están en estado de putrefacción, es decir, nos alimentamos de cadáveres. Y nos vamos envenenando, contaminando nuestra sangre, lo cual no sólo nos altera emocionalmente, sino que nos impide tener entendimiento, y así despertar de la ilusión en la que vivimos.

Óscar, un colombiano de mirada muy pura, me preguntó:
– Mikael, ¿te han hablado de los Grises?
– No, ¿quiénes son?
– Pues, viven en otra dimensión.
– ¿?
– Dicen que es una raza de cíclopes muy avanzada. Por alguna razón su civilización estuvo al borde de la extinción. Sobrevivieron gracias a sus conocimientos de clonación, pero sus hembras no lo lograron y ahora necesitan de nosotros para reproducirse ya que ellos son todos iguales. Andan al acecho, pero nosotros estamos protegidos por razas superiores.

Y así fui escuchando algunos otros cuentos esotéricos.

Por la madrugada hacíamos yoga como saludo al sol, celebrando aquel conocimiento milenario que nos confirmaba que la vida ocurre gracias a la luz estelar, que toda forma de vida sobre el planeta se nutre de la radiación de esta estrella amarilla y que, a través de la magia celular, transformamos en energía. Recuerdo que, a pesar de las explicaciones que me había dado Penélope, intenté hacer varias regresiones a vidas pasadas. Recién comprendo que ésa era la única manera en que podían ocurrir las cosas, ya que en la búsqueda de conocimiento toda enseñanza se aprende a través de la experiencia; los instintos y las emociones no se pulen con el conocimiento sino con las vivencias.

Poco antes de la medianoche hicimos un ritual andino para recibir el nuevo milenio con el fuego de la transmutación y el agua de la renovación. Fue aquella noche la primera vez que tuve conciencia de ser espíritu; ocurrió mientras dormía. Sentí claramente cómo el cuerpo, el vehículo de la mente mediante el cual recibe gratificación sensorial, pasa al olvido durante unas horas. Intuí que la mente se aleja cada noche de esta dimensión durante el sueño, agotada de explorar el mundo exterior, y emprende un viaje interior a dimensiones desconocidas. Sentí que es el espíritu el que le da vida al cuerpo, conciencia a la mente; sospeché que es el espíritu el que nos habla en el silencio a través de las aguas quietas de la mente.

Me desperté al día siguiente listo para continuar mi búsqueda hacia el Lago Titicaca, el más extenso y hermoso de la América Meridional, nombre que puede ser traducido como “Puma de Piedra”, el lago navegable más alto del mundo, y sobre el cual hablan muchas de las más importantes leyendas del mundo andino. Este lago ha sido considerado desde siempre sagrado por los chamanes y antiguos hombres de conocimiento; un indígena de apariencia humilde alguna vez me dijo que, desde las alturas, se puede apreciar como el lago tiene la forma de un puma cazando una vizcacha. Óscar, al despedirme, antes de partir del Valle Sagrado, me dijo que ya había empezado el segundo milenio y que la era de Piscis iba quedando atrás, la época de la fuerza de la religión, de la fe ciega, y la conquista de los mares y los océanos. Según él, en este segundo milenio, entrábamos a la era de los viajes espaciales, la era de Acuario, y todos los misterios se revelaban de tal manera que los seres humanos pudiéramos descifrar el enigma que se esconde tras nuestra identidad.