PASOS EN FALSO


    Al día siguiente no pude resistir buscar a Penélope nuevamente. La inteligencia, el entendimiento y la conversación de Penélope me seducían. Ni qué decir de su largo pelo negro, siempre suelto, que resaltaba sus ojos verdes, aquella mirada limpia, labios sensibles. Una vez más, me dejaba llevar por un deseo que me quemaba por dentro. Me sentía aliviado al intuir que Lucas no mantenía una relación íntima con ella. La mente me empezaba a jugar trampas y me preocupaba de que pudiese existir algo entre ellos dos; por momentos imágenes sin sentido llegaban a mí. Por supuesto que yo, al no querer estar consciente de cómo la mente me traicionaba, me esforzaba por ignorar aquel vergonzoso proceso, de la misma manera que ignoro un millón de ideas, pensamientos e imágenes que pasan a través de mí día a día; sé que si me detuviera a reflexionar, no me sentiría orgulloso al descubrir en qué ocupo mi mente; esos pensamientos oscuros que están en mí… en nosotros.

Caminamos hasta un parque y nos sentamos a ver el mar desde el malecón. Penélope guardaba un silencio que, lejos de incomodarme, me inspiraba tranquilidad. Ella contemplaba, observaba, respiraba. Yo necesitaba saber que me deseaba.

– Esperé tantos años encontrarte, tal vez siglos – le dije como soñando despierto. Ella tan solo me miró y noté una leve separación en sus labios, como de aceptación -. Cierro los ojos – continué – y visiones de épocas remotas llegan a mí. Vivíamos cerca de campos dorados en una pequeña aldea sobre una colina. En la actualidad no nos condenarían por nuestras creencias espirituales ni por compartir con el pueblo nuestras verdades. Han pasado muchos siglos, el tiempo suficiente para cicatrizar nuestras heridas. ¡Tantas veces me viste partir en largos e interminables viajes o hacia una muerte segura!
– Una vez más este destino, a veces tierno y otras cruel, junta nuestros caminos – mientras ella hablaba me tomó de la mano y alcancé a ver una lágrima casi imperceptible correr por su rostro -. Una vez en una “regresión”, una de aquellas hipnosis que nos llevan a vidas pasadas, tuve visiones de tiempos remotos, ciudades llenas de mendigos y de carretas; oscuros rituales ante fuegos enormes junto a mujeres vestidas de negro. Tenía yo entonces el rostro diferente, maltratado por una vida muy dura. Era una de aquellas brujas que practicaban rituales mágicos en Galicia antes de sufrir una trágica y cruel persecución. También estabas tú, llevabas una barba descuidada y la mirada aturdida, casi desesperada, tal vez por haber visto tanta sangre correr o por haber sido obligado a combatir, matando sin misericordia a hombres, mujeres y niños. Yo intentaba protegerte mediante rituales secretos, invocando fuerzas todopoderosas.
– Penélope…
– Mikael, ¡dejemos de engañarnos! – me interrumpió. Quedé paralizado.
– ¿A qué te refieres?
– ¿Qué sucede cuando tenemos una regresión?
– Tenemos visiones…
– ¿Y qué nos hace pensar que son reales? – continuó -. ¿No será tan sólo otro juego mental? Creer que fuimos esto o que fuimos lo otro… ¿Quién no cree haber sido alguna vez un monje budista o haber tenido una reencarnación pasada en la India o en Egipto? Nos encantaría, ¿verdad? Y hasta pagamos por supuestas regresiones para así justificar nuestras fantasías mentales. ¿Pero quién dice que esas son realmente visiones del pasado?
– Pero… si la reencarnación existe – afirmé.
– ¿Quién lo puede asegurar? En todo caso, Mikael, si existe o no, ¡qué importa! En vida nunca lo sabremos; siempre existe la posibilidad de que tan sólo sea producto de nuestra imaginación.
– ¿No crees en la reencarnación, Penélope?
– Te repito que no importa, hay temas trascendentales y no creo que ése sea uno. Si existe o no, no cambiará mi vida en nada. Es más, probablemente el tema de la reencarnación y del karma sea tan sólo política.
– ¿Qué dices? – le pregunté asombrado de que estuviera hablando así de temas, para mí, trascendentales.
– Ha debido de ser muy fácil controlar a las masas a través del karma y de la reencarnación; “cualquier buena acción será recompensada, también pagarás por tus malas acciones. Gozarás o sufrirás todas las consecuencias de tus actos, y así tendrás la oportunidad de nacer una y otra vez para ir limpiando el karma de tus vidas pasadas”. ¡Por favor! Puede ser cierto, sí, pero ¿qué importa? Uno no puede basar su vida en algo semejante.
– ¿En qué basas tu vida entonces? – pregunté fastidiado.
– Las religiones nos convierten en comerciantes. Si hacemos algo “bueno”, se nos otorga un premio y, de lo contrario, si hacemos algo “malo” recibimos un castigo, acumulamos karma negativo o vamos directo al infierno. ¡Déjame decirte que yo soy una persona buena porque me nace ser así y no porque vaya a recibir algo a cambio! Si hay cielo o si finalmente la buena acción regresa a mí, pues maravilloso, pero yo no voy tras un premio, el cielo, karma positivo o cualquier otro tipo de puntaje. ¡Yo soy una persona buena con premio o sin premio!
– Cierto, Penélope. Vivimos en una sociedad en la que todo se basa en el comercio; ¡para la mente todo es negocio! Ésta se porta bien con la esperanza de recibir algo a cambio… Por supuesto que si alguien te escucha, automáticamente dirá: “No, yo no soy una persona buena porque vaya a recibir algo a cambio, sino porque me nace serlo.” Y es que así somos la gran mayoría de los seres humanos – dije sintiendo algo de furia por mi propia condición -. Nos engañamos a nosotros mismos una y otra vez hasta el cansancio, al punto de tan solo vivir nuestras propias mentiras.- apreté ligeramente el puño como si estuviera consciente de los innumerables engaños que gobernaban mi vida.
– “Yo fui esto en otra vida”, “estás sanando tu karma”. No debería hacer ninguna diferencia si es cierto o no, al menos que quieras perder el tiempo en otro juego mental de categoría espiritual. Por supuesto que la mente nos engaña haciéndonos creer que es importante seguir ciertas doctrinas religiosas, hurgar en nuestras vidas pasadas, o correr al astrólogo, y nos hará encontrar motivos aparentemente válidos para hacerlo, pero es un camino circular más que una vía a la redención. ¡Quién alcanzó la iluminación haciendo regresiones o permitiendo que alguien le lea las cartas! La gente detiene su aprendizaje cuando está segura de tener la verdad entre sus manos.
– Puede ser, Penélope, puede ser – respondí pensativo y sin saber cómo interpretar su mirada.

¿Cómo hubiese podido descifrar su mirada? Llena de compasión por el largo camino que aún me faltaba recorrer, y, en sus profundidades, una belleza sagrada: Penélope sabía que ninguna enseñanza trascendental se puede transmitir de una persona a otra, ni siquiera de maestro a alumno. Cada persona deberá encontrar las respuestas por sí sola, digerirlas, y permitir que el aprendizaje madure hasta convertirse en experiencia. Hasta que ese aprendizaje forma parte íntima de nosotros.

Ella, con naturalidad absoluta, intuía que yo analizaba esta conversación desde el intelecto y, por lo tanto, nunca sería verdadero conocimiento hasta pasar por todo el proceso necesario y, por lo tanto, mantenía la fe de que algún día yo comprendiese, a profundidad, lo que ella en aquel instante intentaba transmitirme.

– La vida es sabia – vociferé sin imaginar que en aquel momento Penélope sentía compasión por mí -. Si la reencarnación existe, tenemos que olvidar todo a la hora de volver a nacer, de lo contrario sabríamos qué clase de personas fuímos y quedaríamos traumados para siempre. ¿Soportaríamos sentir el miedo que hemos llevado dentro a través de tantas vidas, el tormento de la muerte? ¿Cuánta sangre habrá corrido entre nuestras manos? ¡Si hasta hace tan sólo cien años aún permitíamos la esclavitud por una diferencia de color en la piel! Y, pensándolo bien, ahora hay más esclavos que antes. ¡Esclavos del capitalismo! – recordé cuánta gente se encuentra esclava por unas monedas en tantos hogares, en tantas empresas, en el mundo entero, aquí y ahora.
– Sí, y sin necesidad de cruzar fronteras observamos con indolencia colectiva muertes innecesarias. También hay gente que considera que sus apellidos son de oro. – Penélope fue bajando el tono de la voz, con la mirada fija en el vacío de aquel que ha descubierto cómo retumban los tambores en este absurdo circo en el que vivimos.
– En otras épocas fuimos bárbaros. ¿Qué sucedía cien años atrás en cualquier parte del mundo? ¿Qué sucede ahora? ¡Qué son cien años para la historia de la humanidad, si hace tan sólo dos mil años nació Jesucristo! Si existe la reencarnación, es muy probable que alguna vez hayamos sido despiadadamente salvajes – concluí.
– Por lo tanto dejemos todo como está. No ganaremos nada hurgando en el pasado, Mikael. ¡Si es que hay un pasado! Conoce tu mente.
– Somos seres tan inseguros, Penélope. Es esta inseguridad la que nos lleva a inventar respuestas ante las interrogantes que acompañaron al hombre por siempre.
– ¡Exacto! Hay un dios y un purgatorio; si soy buena volaré como un ángel, si no lo soy, me consumiré en llamas o acumularé el tan indeseable karma negativo. De esta manera el hombre crea aquella falsa seguridad que necesita para vivir. Así con orgullo pretende pisar tierra firme, sientiéndose seguro dentro de su fortaleza de papel, pero al menor soplo de viento, llora y maldice, por haber basado su realidad en una mentira. El sufrimiento impulsa a la gente a buscar su verdad interior. ¿Te has preguntado alguna vez, Mikael, qué te lleva a través de esta búsqueda espiritual?

Quise responder que el deseo de ser una mejor persona o alguna otra mentira en la cual yo creía ciegamente. Observé cómo mi mente empezaba a crear respuestas inmediatamente. ¡Ridículo… pero cierto! Rara vez lograba ver ciertos destellos que por breves segundos disolvían el mundo de sombras en el que me movía. Una tenue luz que a duras penas lograba traspasar la tremenda mentira que mi mente había creado a lo largo de mi vida, para justificar mi existencia y la realidad; destellos casi imperceptibles que me permitían ver cómo creamos un mundo que se ajusta a nuestras necesidades egoístas y, sobre todo, a nuestras inseguridades. Y lo llamamos “el mundo real”… y lo justificamos.

– ¿Qué fue lo que te llevó a iniciar esta búsqueda? – insistió Penélope. Ella no preguntaba por curiosidad, sino por presionarme a que fuese sincero conmigo mismo.
– Probablemente haya sido la necesidad de sobrevivir, buscando cómo extinguir ese sufrimiento que me incineraba por dentro. El sentirme… tan vulnerable. Ningún miedo puede ser más grande que el que sentimos de nosotros mismos. ¡Aquel terror a que finalmente terminemos por autodestruirnos! Un miedo que me conducía a buscar poder y así protegerme de aquel demonio que llevo dentro, y que también existe en las miradas de los demás.
– ¿Buscabas protección o dominar a los demás?
– Es ese instinto de supervivencia que proviene de nuestros abismos interiores. ¿Quién no quiere escapar de tanto sufrimiento? ¿Qué hacer con esta furia que nos consume?
– Esas carencias o inseguridades nos llevan por caminos sumamente difíciles, pero maravillosos. Rutas que requieren de un valor extremo porque nos obligan a buscar una verdad sin darnos la certeza de que la encontraremos. Nunca te detengas en la primera respuesta que encuentres, Mikael, pues te convertirías en piedra, en un dogmático, en una persona que cree firmemente que ha encontrado “la verdad” y, lo que es aún peor, la defiende a cualquier precio, por comodidad, por conformismo y, por supuesto, una profunda cobardía. Ama ser un eterno buscador.

Me dio la impresión que Penélope sabía lo duro que es soportar la tormenta que se produce cuando se agitan nuestros mares internos, y la rabia, la impotencia, y la carencia de amor que creímos haber hundido en el pasado, sale a la superficie, ahogándonos una y otra vez en nuestras propias miserias, oscuros maretazos.

Le dije que sí con gesto silencioso mientras pensaba en cómo el ser humano se refugia tras la primera “verdad” que encuentra. “Hay un dios, hay un infierno, existe la reencarnación”. Y permanece congelado en el tiempo defendiendo su supuesta verdad hasta el final de sus días, como si el cumplir con ciertos requisitos religiosos ayudara a tolerar el tan común miedo a la muerte.

– Penélope, ¿tener fe es no tener dudas?
– La duda y la fe no son opuestos, de la misma manera que la luz y la oscuridad tampoco lo son.
– ¿Cómo que la luz y la oscuridad no son opuestos?
– La oscuridad es sólo ausencia de luz, al igual que la fe es la ausencia de duda. Nunca podrás destruir la luz por traer oscuridad hacia ella. La duda, la duda… Todo esto es como el amor, en el amor no existen las cantidades. Tú amas o no amas, no existe el “te amo mucho” o “te amo poco”. Si te esfuerzas en hacerle saber a una persona que la amas “mucho” es porque en tu corazón habita la duda, o el enojo, o los celos, algo que no es amor, y para esconderlo intentas demostrar un entusiasmo sobredimensionado; de otra manera, simplemente amas. Nadie puede amar mucho o poco, y a quien afirme lo contrario me atrevo a decirle que no sabe qué es el amor, ya que el amor lo abarca todo y no conoce cantidades. Por eso hay tanto fanatismo religioso en el mundo, porque en el fondo de su corazón existe la duda. Por eso intentan imponer su religión, de la misma manera que se la están imponiendo a ellos mismos. Para aquella persona que tiene fe no existe ninguna duda en su corazón y, por lo tanto, no tiene ninguna doctrina o creencia que imponer a los demás.
– ¡Dices que una persona de fe no formaría parte de religión alguna!
– Por ejemplo, ser cristiano, o no serlo, es una decisión que un individuo debe tomar por sí solo. Lo que sucede es que muchas veces una persona decide convertirse a determinada religión en un intento por ahogar la duda que existe en su interior. Eso no funcionará. La fe es algo inherente al ser humano, en cambio la duda es algo que se aprende. Muchas personas dicen creer en una Fuerza mayor, pero la duda habita en su interior como una lenta agonía, esperando el momento propicio para darles la estocada final, aquel momento en el cual traicionan sus principios, creencias y valores.
– Yo creo tener fe – dije.
– Querido Mikael, tener verdadera fe requiere de inmenso valor – me dijo suavemente. Ella sabía que yo no conocía las dimensiones de la fe.

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 Un ligero temblor recorrió mi cuerpo al despedirme. No tuve el valor de rozar tu piel; mi propia cobardía no me lo permitió al no tener la seguridad de que tú también me deseabas. ¿Cómo perdonarme el que, una vez más, haya dejado mis sueños de lado por miedo al rechazo?