SER

– Aló, Mikael, hola…

– Penélope, ¿cómo estás? ¡Qué milagro…!

– Necesito conversar contigo. ¿Puedes venir a mi casa?

– Sí, claro, pero… ¿No es un poco tarde?

– Ven, Mikael, la puerta estará sin llave, así que entra apenas llegues.

– ¿?… Bueno, salgo para allá.

Eran casi las diez de la noche y las calles estaban casi vacías. Efectivamente, la puerta estaba sin llave. Entré. La casa estaba a oscuras. Busqué el interruptor sin éxito.  

– ¿Penélope? Ya llegué…

– no obtuve respuesta. Debido a la oscuridad no podía ver absolutamente nada dentro de la sala. No me tropecé con nada al caminar, por lo tanto deduje que la habitación estaba completamente vacía. Subí al segundo piso.  

– Hola, Mikael

– escuché la suave voz de Penélope que venía desde algún lugar de la habitación

-. Acá estoy, ven…  

– ¿Pero qué haces en medio de toda esta oscuridad? Enciende algo…

– ella estaba recostada contra la pared.  

– No te preocupes, Mikael, ven, siéntate cerca, dentro de poco tus pupilas se dilatarán y no necesitarás de la luz eléctrica. Digamos que éste es el estado natural, permitamos que la noche sea lo que es.  

– Bueno, es una buena idea después de todo – le respondí

-. Pero… ¿dónde están tus cosas? Tu casa está completamente vacía.  

– Han pasado tres años desde la última vez que nos vimos, querido Mikael, fue en una fiesta, cumplías veinticinco. Mi padre murió el año pasado y terminé dándome cuenta de que estaba rodeada de objetos inútiles. Por eso he decidido vivir con nada más que lo necesario; en la otra habitación tengo mi cama, unos libros, algo de ropa, unas velas…  

– Penélope, ¿te sientes bien?  

– Me sentía muy sola hasta que decidí aceptar esa soledad, en vez de evitarla.  

– Pero eres tan guapa, ¿cómo puedes sentirte sola?

– traté de animarla con una pregunta absurda.  

– ¡Qué poca cosa sería buscar un novio para evitar la soledad! De todas formas en un hombre no busco compañía, sino esencia. Deseo a un hombre que no busque ser simpático ni no serlo, un hombre que no pretenda ser alguien que no es ni que quiera cambiar; deseo a un hombre que sea lo suficientemente valiente como para ser él mismo, y que, por lo tanto, se sienta en total libertad para amar, recibir amor, y esparcir su éxtasis por la existencia.  

– No sé qué decirte…

– su sinceridad despertó ternura en mi mirada y en ese momento me hubiera gustado ser aquel hombre.  

– Pues no digas nada. No ando buscando novio, y en todo caso he conocido hombres entretenidos… pero eso también está lejos de ser lo que busco. Cuando el destino lo quiera, ese hombre llegará. Por ahora intento ser una luz que brille en medio de toda esta oscuridad.  

– Sí, obviamente el amor va más allá de tener a alguien que nos acompañe, de tener relaciones sexuales o alguien con quien divertirnos. ¿Cuántas veces confundimos el amor con “costumbre”? La costumbre de estar con aquella persona que nos conoce, que sabe lo que nos gusta y, lo que es peor, nos ayuda a intentar burlar la inmensa soledad que llevamos dentro. ¡Qué tendrá que ver eso con el amor!  

– La fragancia del fruto, el beso del viento; el sabor a mar en los labios, en la piel de la persona amada

– dijo Penélope sin que le importe estar divagando

-. Tal vez amor sea aquello que llamamos dios, ¿será eso lo que llamamos dios, Mikael?

– preguntó como si realmente quisiera saber la respuesta

-. Sí, a lo mejor perdemos el tiempo en nuestro intento de humanizar a un dios que en nuestros momentos más oscuros permanece ausente… sí, tal vez sólo exista el amor. Y dios y amor no vienen a ser más que lo mismo, por lo tanto la única realidad de dios es el amor.  

– Muchas veces creemos que el amor es aquel amor de pareja    

– añadí -, cuando tal vez ese amor de pareja no sea más que una excusa para poder vivir un amor mayor. ¿Por qué lloras, Penélope?

– pregunté secándole las lágrimas -. ¿Has estado triste?  

– Lloro de emoción, Mikael, por lo que somos, por lo que llevamos dentro. Antes de comprenderlo, me encontré en una interminable noche oscura.  

– Te escucho, Penélope, cuéntame – dije sin tener la menor idea de lo importante que es saber escuchar.  

– ¿Quién no ha sufrido por ver a los hombres hacerse infelices los unos a los otros? Muchas veces necesitamos de un sufrimiento tan grande que logre acabar con nosotros, para que de ese dolor inmenso, que nos destroza por dentro, brote un verdadero anhelo de pureza que nos permita vislumbrar las más elevadas revelaciones. ¡Cuántas veces nos ahogamos en nuestra propia soledad, al dejar atrás amores, ciudades, amistades, en busca de nuestro propio destino! ¡Cuántas veces dejamos atrás un gran amor a cambio de un intenso sufrimiento! No huyamos del dolor, sintamos ese ardor en el alma, sólo así realizaremos aquel salto fugaz hacia la pureza. ¡A través del sufrimiento aniquilemos todo aquello de vida que haya en nosotros, hasta darnos cuenta de que la vida no tiene nada que perder frente a la muerte!  

– La felicidad es una cara de la moneda y la tristeza es la otra, la vida contiene a ambas y ambas merecen ser celebradas

– interrumpí y, felizmente, ella no prestó atención.  

– Un sufrimiento que finalmente nos obligue a ver que no por estar vivos necesariamente vivimos, ni que por cruzar el umbral de la muerte, morimos.   No dije una palabra. Ella se había sumergido en aquel terrible sufrimiento que, años atrás, la había arrastrado a odiar el mundo mientras observaba con impotencia cómo éste le envenenaba el alma.  

– ¡Cuánto quisiera simplemente ser! Sin que me importe si soy simpático o aburrido, sin conclusiones, sin brillo; no ser lo que escucho ni lo que leo y menos lo que repito, tampoco ser las personas con quienes ando ni tampoco ser aquellas a quienes sonrío balbuceé, perdido en mis profundidades.  

– Pregúntate qué hay de ti en tus ojos llenos de nostalgia, al ver cómo tu vida se aleja sin siquiera estar consciente de que te pertenece. El hombre, el hombre, siempre buscando distracciones – añadió  Penélope -, el terrible miedo a la soledad. Corremos constantemente tras los placeres para obtener la felicidad a cualquier precio. Y cuando esos son los motivos que guían el alma, nos encontramos vulnerables a la tristeza, al aburrimiento y a la soledad; un camino seguro a la decadencia. Llegado ese punto, sólo un profundo dolor será nuestra redención. ¿Por qué llegar a eso? ¿Por qué no buscar convertir en armonía el desorden interior? Nos falta tanto por comprender, Mikael – dijo con un tono de voz que me hizo recordar la última vez que la había visto años atrás, como invadida por una profunda compasión ante la falta de entendimiento.   Me quedé en silencio con la mente ida, sintiendo lo que es ser… o estar. Me invadió aquella sensación de paz que produce el estar hablando con alguien que se ha despojado, aunque sea por un instante, de sus múltiples caretas, sin obligación alguna de hablar o escuchar. Por extraño que suene, me convertí en el silencio de la habitación y me sentí libre, libre de mí mismo, libre de mi imagen y libre del “Coloso de la Materia”, quien, como se dice en los Andes, te ata al mundo, a lo físico, a lo material.  

– Penélope, me siento libre – le dije sintiendo que las palabras sonaban aún más claras a la luz de las velas.

– ¿Y qué es ser libre? o ¿qué es ser esclavo?

– Ser libre es hacer lo que yo quiera y ser esclavo obedecer órdenes.

– Mikael, me extraña tal respuesta viniendo de ti.

– A ver, esclavo es aquel que se deja llevar por sus apetitos. En realidad, Penélope, me es difícil definir la libertad cuando tal vez ni siquiera la conozca.

– Algunos filósofos piensan que ser esclavo es obedecer algo que es inútil para nosotros, y que ser libre es obedecer aquello que sí lo es. Pero es mucho más que eso…

– ¿Quieres decir que es la finalidad de la acción lo que me va a llevar a ser libre o esclavo? Entonces, ¡cuántas veces en la vida somos esclavos!

– Y, ¿cuántas veces soy inútil para mí misma siendo libre? – añadió Penélope.

– Entonces son mis decisiones las que me hacen libre

– deduje mientras encendía un cigarrillo. La habitación volvió a quedar en silencio.   Al poco rato un hombre tocó la puerta e ingresó. Penélope nos presentó. Él se llamaba Lucas y, a juzgar por su figura, concluí que tenía algo más de cincuenta años. Se le veía un hombre reservado y me provocó escucharlo, no sé si para juzgarlo o sentirme más inteligente que él al deducir que carecía de verdadero conocimiento, o a lo mejor sólo despertaba mi curiosidad. Pero si nos detuviéramos a observar nuestras intenciones más ocultas, nos daríamos cuenta de que todas las posibilidades anteriores son válidas, ya que no es extraño que tantas veces la mente nos traicione llevándonos a emitir un juicio sobre cualquier persona, sin siquiera otorgarle a esa gente unos segundos para respirar; las ocultas intenciones que van más allá de nuestro subconciente son infinitas. Mi ego me estaba traicionando y a la menor oportunidad mis inseguridades me forzarían a intentar impresionar a Penélope. Sentía celos ante aquel desconocido que llegaba ya tarde por la noche a casa de Penélope, “como si fuera la suya…” ¿Algún instinto que los seres humanos arrastramos del pasado nos lleva a proteger un territorio que ni siquiera nos pertenece? ¿Es qué puede jugar tanto con nosotros nuestra propia mente?  

– ¡Qué paz!

– suspiré recostándome contra la pared. Y eso es lo más irónico, que casi siempre decimos una cosa sin saber que en realidad por dentro nos pasa otra. Y no es que necesariamente seamos mentirosos, sino que nosotros mismos no tenemos la menor idea de lo que pasa en nuestro interior y terminamos pensando que es paz lo que sentimos, o… ¡amor!  

– ¿Paz? Mikael, ¡pero si en el universo todo es guerra, todo es caos!

– me dijo Lucas exaltado -. Las moléculas de tu cuerpo están en guerra, unas mueren otras nacen, los espíritus están en guerra, hay guerra en todos los planos, hasta los espermatozoides pelean por llegar primero al útero. Y la paz… ¡La paz es la esperanza de los cobardes!  

– ¿La paz es la esperanza de los cobardes?

– ¡Por supuesto!

– ¿Tú no anhelas la paz? – pregunté sorprendido. – ¡No! – Cuéntame por qué – solté una risa confundida.

– Esa es la gran diferencia entre un hermético y un esotérico. Un hermético es un Guerrero, un esotérico es un Sacerdote. Nosotros los herméticos dirigimos la lucha de la especie humana por sobrevivir.

– Creo más en el amor – lo interrumpí; inconscientemente tenía miedo de que me hiciera dudar de mis creencias, después de todo, éstas me producían una falsa seguridad.

– ¿Pero qué es el amor, Mikael? Es una virtud guerrera como la solidaridad, que permite que los seres humanos peleemos juntos contra enemigos comunes, contra las fieras, para salvar nuestras vidas. Lo mismo hicimos hace miles de años, cuando los lobos nos atacaban y lo mismo haremos en el futuro contra los extraterrestres.

– ¿Tú no crees que podría haber paz entre los humanos y los extraterrestres?

– ¡Nunca hay paz en el universo! ¡Jamás! Esta es la visión hermética.

– ¿Tú no crees que el futuro de la raza humana sea la paz?

– pregunté sorprendido.

– La armonía entre los seres humanos, puede que sí.

– Y eso es paz. Entonces esa es una esperanza que al menos tienes…

– Sí, pero la armonía entre los seres humanos es la condición para una guerra con éxito contra otros enemigos de la especie humana, como las enfermedades, la miseria, y si tenemos que luchar contra los extraterrestres, pues, les podremos ganar sólo si permanecemos unidos… si estamos divididos, no.

– ¿Cuál es tu visión entonces del amor, de la solidaridad, de la honradez?

– Son virtudes guerreras. Un guerrero es aquel que trabaja o lucha en equipo. Y cuando alguien pretende ser astuto, o por ejemplo roba, está traicionando al equipo de los seres humanos.

– ¡Entonces la raza humana está en extinción!

– añadí -. Esas virtudes guerreras están siendo reemplazadas por cobardía e indiferencia.

– Esos no son más que vicios que atentan contra el ejército de los seres humanos. El odio, el egoísmo, la ignorancia, nos divide. Al dividirnos peleamos entre nosotros y así permanecemos débiles ante los enemigos de la especie humana, y en un universo infinito donde hay billones de galaxias, tarde o temprano tendremos que luchar contra otras especies, tal vez más inteligentes o más avanzadas que la nuestra – concluyó Lucas, y dijo con intensidad: – “Toda verdad que el hombre pueda alcanzar será directamente proporcional a lo que pueda soportar.”